Tuesday, May 18, 2010

José Emilio Pacheco: Una mirada social al México posrevolucionario

El arte […] no ha de considerarse como expresión de un sujeto individual.

El sujeto es únicamente el lugar o el medio donde habla la verdad del mundo

(Eagleton, 1988: 84)



La historia literaria en México ha sido desde su origen un fenómeno de amplia conexión con las temáticas sociales, pues a través de una extensa de red de escritores y ensayistas ha sido posible identificar desde referencias hacia procesos históricos, como la Independencia o la Revolución, hasta interesantes observaciones acerca de la identidad cultural y social.

En esta perspectiva, la obra de José Emilio Pacheco constituye uno de los mejores ejemplos, dentro del siglo XX, de cómo la literatura puede ofrecer un panorama y un punto de vista crítico sobre la cultura y la sociedad en un periodo determinado de la historia, puesto que en sus relatos es común encontrar referencias muy especificas a acontecimientos sociales, espacios urbanos, personajes públicos y comportamientos culturales.

Esta conexión entre la obra y la realidad extra literaria, ha sido manejada ya por varios teóricos y críticos que han tendido puentes entre la sociología y la literatura. Eva Kushner, por ejemplo, nos dice que “…la noción de literatura, así como la de su historia, están relacionadas con la episteme de una sociedad y cultura dadas, con un momento preciso de su historia” (1993, p. 135). De lo cual se desprende que las formas que toma la producción literaria dependen de la manera en que se dan las relaciones sociales y el ambiente cultural de una época.

Para realizar un análisis que involucre tanto el factor histórico como su episteme y que nos permita abordar la obra literaria a partir del elemento sociocultural –dentro de la obra y su contexto-, se puede recurrir a los estudios sociológicos. La sociología del arte estudia la construcción de las ideas estéticas y de la valoración del arte como fenómenos sociales, por medio de la contextualización de las obras. El arte es visto como un producto social y el acercamiento a los objetos de estudio es a partir del contexto de la producción artística. Es decir, el arte es intrínsecamente social.

Vera L. Zolberg (1990) nos habla de las artes como de entidades de construcción social, cuyos significados son simbólicos y mutables, dependiendo de las condiciones; es decir, que la categorización de qué es arte depende del contexto en el cual es producido, y que de éste mismo, depende lo que vaya a significar.

Si tomamos —como es en el presente caso— una obra literaria para estudiarla a partir de este punto de vista, podremos observar en ella el entorno en el que es creada, o bien los reflejos sobre este mismo entorno mientras aparecen en el relato. Es decir, estaríamos ubicando la obra en un tiempo y un espacio determinado, identificándola con un momento histórico preciso y su cultura –todo lo cual forma lo que podríamos llamar su ‘situación’- con el fin de lograr una mejor comprensión del texto. Hablamos de reflejo en un sentido semántico, como eje de la comunicación, y no en el sentido del idealismo filosófico que en autores clásicos atribuía el significado de la obra a entidades inmateriales como el espíritu o el alma. El problema de investigación de la sociología del arte y la literatura es un problema relativo a la comunicación.

Realizar una aproximación de esta índole al texto literario puede resultar en una multiplicidad de interpretaciones válidas, pero el relato adquiere la propiedad de no poseer una verdad única sobre sí, ya que las interpretaciones dependerán del conocimiento que se tenga sobre su contexto. “Cualquier interpretación –nos dice Terry Eagleton- debe tomar en cuenta la situación […]; queda modelada y sujeta por los criterios históricos ricamente relativos de una cultura en particular; no existe posibilidad de conocer un texto literario <>” (1988, p. 92).

En la actualidad, los estudios literarios se basan en una noción de literatura caracterizada por su vinculación con la comunicación, en la cual, el criterio de estudio es el público receptor de la obra o el destinatario de la misma. Esto determina la interpretación del texto literario ya que crea una expectativa, la cual es producto de la situación sociocultural del receptor. Incluso, este mismo público receptor es el que establece las reglas por las cuales una obra puede ser considerada artística.

Al respecto, Hans-Robert Jauss, destacado teórico representante de la llamada Estética de la Recepción, comenta que “…el código de normas estéticas de un público literario determinado […] podría y tendría que ser modulado sociológicamente, según las expectativas de los grupos y de las clases, y relacionado así con los intereses y las necesidades de la situación histórica y económica que determinan estas expectativas” (Citado en Cros, 1993, p. 147).

Cuando al interior de la sociedad advienen procesos que afectan su estructura, produciendo una transformación de los valores que ésta persigue, el arte y la literatura responden a estos cambios modificando también sus formas y sus temas. Hay una situación de intercambio entre sociedad y autores, con lo cual la relación entre estos polos, sujeto y objeto, infiere directamente en la calidad de la forma de mediación, el lenguaje.

Si revisamos la historia de México, notaremos que en cada uno de sus movimientos sociales se dan renovaciones en las maneras en que interactúan los grupos y las clases sociales, desde la economía a la política, pero que también existe una reforma en los valores nacionales y por tanto, la producción artística genera discursos que acentúan los ámbitos de estas relaciones. Por ello, es comprensible que el modernismo literario genere una abundancia de metáforas y barroquismo surgido de una visión extranjera tomada como ideal o que la novela de la revolución se produzca en un entramado dramático con mezcla de festividad y tragedia.

Es bastante visible que la difusión de muchos movimientos artísticos haya sido promovida por medio de una extensa producción literaria, cuyos temas fueron alimentados por discursos convertidos en valores que con el tiempo se volvieron hegemónicos o dominantes. Kushner nos recuerda que “todo despertar nacional va acompañado infaliblemente de la producción de obras de historia literaria, o por lo menos de obras que tienden al estatuto de historias literarias nacionales —éste es, por ejemplo el caso, en la actualidad, de las literaturas de América Latina y el Caribe—” (Ibíd., p. 137).

En todo proceso de transición social, se puede reconocer como uno de los intereses prioritarios el de la delimitación o reformulación de una identidad, cuando se vuelca a la definición de lo nacional a partir de los valores e ideales que promovieron un movimiento en su ascenso al poder, genera estructuras significativas que se convierten en lo que Clifford Geertz (1987) ha llamado símbolos, formas de entramado cultural.

Gracias a este reconocimiento del papel comunicativo del símbolo, se puede saber que no se trata de ver en los textos, cuando se analizan, los posibles medios de expresión de un aparato ideológico que promueve los valores adoptados por el Estado, sino más bien de observar, a través de los relatos, la forma en que éstos son vividos por la sociedad y reflejados en el objeto literario.

Para el presente análisis, he decido seleccionar algunos relatos en prosa escritos por José Emilio Pacheco, ya que su obra se encuentra en una muy estrecha relación con uno de los procesos sociales más importantes para la definición del México moderno: la Revolución de 1910 y la sociedad que ésta engendró.

José Emilio Pacheco y el problema de la identidad

Para Pacheco, nacido en 1939, el tema de la identidad nacional resulta crucial en el momento histórico que decide relatar en la mayor parte de sus historias: México pasa de una exaltación del carácter nacional y de la inclusión de lo popular a la cultura, a un desplazamiento de ésta como consecuencia de la ‘modernización’ del país, modernización que se traduce en la introducción de objetos, costumbres e incluso modismos lingüísticos procedentes del extranjero a la cotidianidad mexicana.

La obra en la que más claramente se aprecia esta transición es Las batallas en el desierto (1981). A lo largo de este relato, que narra el encuentro de Carlitos (un niño) con Mariana –una mujer mayor, madre de su mejor amigo, de la cual se enamora-, el autor nos presenta un México en proceso de transformación. Por un lado está la tradición, representada en objetos como las comidas típicas, las bebidas como el tequila y las aguas frescas, los libros de tiras cómicas redactadas en español y la educación pública nacionalista; pero la tradición aparece como obsoleta, objeto incluso de vergüenza comparada con las nuevas marcas de refrescos, las lecturas norteamericanas, los anglicismos, la comida rápida y la educación privada que en esta obra reflejan el inicio de lo que podría considerarse como una invasión cultural por parte de países extranjeros, concretamente Estados Unidos.

Este mismo tema es tratado, con mayor violencia, en el cuento titulado ‘La fiesta brava’ (1972). El protagonista, Andrés Quintana, es invitado a colaborar con una revista que se fundará tomando como modelo algunas publicaciones neoyorquinas, con la peculiaridad de que ésta, según palabras del relato “se hace aquí en Mexiquito, tiene ese defecto, ni modo” (Pacheco, 2007a, p. 79).

Arbeláez, anterior maestro suyo y quien realiza la invitación, representa esta transición hacia lo americano que se manifiesta en el texto, pues cambia la marca de sus cigarros de Delicados a Benson & Hedges, lee revistas en inglés y rechaza la historia de Quintana porque le parece “prehispánica, tercermundista y anti yanqui”, mientras que exalta las costumbres gringas y las considera superiores a las mexicanas. Ante la pluma de Pacheco, la cultura del país aparece como una entidad expuesta a la corrupción, quizá con el recelo de que estas manifestaciones culturales de procedencia extranjera, como lo indica Roger Bartra, lleguen a hacerse tan populares que puedan ser incorporadas a la cultura nacional (2005, p. 217).

El México urbano

Otro factor de observación sociocrítica en la obra de José Emilio Pacheco es la modificación del espacio urbano, el cual se ve tamizado bajo la lupa de la ruptura o la degradación. En el cuento ‘La zarpa’ (1972), la protagonista que narra a manera de confesión una anécdota, habla de una ciudad de México situada en el pasado del relato como un lugar precioso y cómodo, mientras hace un recuento de sitios con un tono de afecto y nostalgia.

A través de Las batallas en el desierto, el drama de la ciudad que desaparece es aún más fuerte. Relatada, al igual que ‘La zarpa’, desde una serie de recuerdos, esta novela va construyendo una imagen del México de mediados del siglo pasado. Algunos de los espacios son la colonia de los Doctores y la colonia Roma –perversa desde la óptica de ciertos personajes-, la escuela pública con patio de terracería, la plaza Ajusco, la casa de la viuda de Madero, las construcciones multifamiliares, las calzadas y avenidas, lugares todos con los que Carlitos establece relaciones de memoria y de afecto, y que terminan por desaparecer. Con tristeza y algo de amargura, un Carlos adulto nos informa que “demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años.” (Pacheco, 2007b, p. 67-68)

La política mexicana en la narración

Los diversos relatos de Pacheco presentan otro motivo en común que se conjuga en los textos: la aparición de las figuras políticas del México posrevolucionario. En ‘El principio del placer’ (1972), nos encontramos con referencias constantes de Adolfo Ruiz Cortines en vísperas de su ascensión al poder. Dentro de este cuento, se le presenta como un hombre mayor íntimamente ligado al movimiento revolucionario y al poder que de él surge, corrupto, favorecedor del ejército, y hasta tildado de traidor a través de personajes secundarios por su sospechosa participación en la ocupación norteamericana de Veracruz en 1914.

En Las batallas… nos topamos con la figura de Miguel Alemán Valdés, reconocido —tal vez irónicamente— como el presidente del progreso, de la modernización. Pacheco nos lo presenta como el inaugurador de numerosas obras de infraestructura –hospitales, carreteras y parques que para Carlitos son más bien “enormes monumentos inconclusos a sí mismo” (2007b, p. 16)- de las que se beneficiaban tanto él como sus allegados.

En ‘Langerhaus’ (1972) coloca de fondo a Gustavo Díaz Ordaz, criticando de paso su decisión de reprimir a los estudiantes para no estropear sus Olimpiadas (Pacheco, 2007a, p. 103), pero más aún a quienes se aprovecharon de la situación para escalar peldaños en busca de poder.

En ‘Tenga para que se entretenga’ (1972) aparece también Manuel Ávila Camacho caracterizado como “el hombre más temido de México” (Ibíd., p. 119), quien volvió millonarios a sus allegados al cederles los proyectos de construcción de carreteras y puentes. La corrupción no se encuentra exenta de la representación de la clase política en la obra; al contrario, matiza a cada una de las figuras políticas que en ella aparece.

Pacheco, la crítica del nacionalismo revolucionario

Hasta aquí, sólo he mencionado algunos aspectos que en la obra de José Emilio Pacheco nos muestran a la sociedad mexicana bajo el gobierno de la Revolución, mas ahora corresponde hablar sobre qué nos pueden decir estos relatos sobre el resultado mismo de este movimiento. Si a Pacheco le interesa tanto retratar esta situación histórica, es precisamente por su carácter social. Roger Bartra lo ve en términos de unificación, puesto que “…la Revolución fue un estallido de mitos, el más importante de los cuales es precisamente el de la propia Revolución. Los mitos revolucionarios no fueron levantados sobre biografías de héroes y tiranos, sino más bien sobre la idea de una fusión entre la masa y el Estado, entre el pueblo mexicano y el gobierno revolucionario” (2005, p. 215).

Esta unión del pueblo y del Estado, que debía cumplir con los ideales de democracia y bienestar nacionales que se habían convertido en estandartes de la lucha armada, son desmitificados en la obra. El periodo de los gobiernos emanados de la revolución estuvo plagado por los mitos del progreso y de la esperanza (recuérdese el llamado ‘milagro mexicano’) y Pacheco lo expresa desde el inocente punto de vista de Carlitos de la siguiente manera: “Sin embargo, había esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: Visto en el mapa México tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia” (2007b, p. 11).

La Revolución debía ser el comienzo del camino que llevaría al país hacia un mejor futuro y una mayor prosperidad. Sin embargo, el milagro parece no haber llegado. Si nos detenemos a considerar los desenlaces de los relatos que hemos tomado para ejemplificar la temática social en la narrativa de Pacheco, podemos descubrir una constante: la desilusión. La ciudad que conoce Carlitos desaparece al final de Las batallas…, Jorge –el muchacho inocente, protagonista de ‘El principio del placer’, que se muda a Veracruz en el momento que su exploración del mundo comienza- se entera de que todo en lo que creía es una farsa, y cuentos como ‘Langerhaus’ o ‘Tenga para que se entretenga’ terminan envueltos en el misterio. No hay finales felices.

Esta desilusión la podemos traducir en una decepción por los ideales mismos de la Revolución, que el gobierno por ella impuesto termina traicionando, como nos lo muestra al autor al presentarnos un desfile de presidentes que en sus relatos destacan por la corrupción y el despotismo.

Ignacio Trejo Fuentes, al toparse con esta misma contemplación sobre el periodo histórico en la obra de Pacheco opina que “el autor se refiere al México posrevolucionario como a un país en ascuas, desconcertado entre su propia fuerza y azorado, inocente, frágil ante su devenir. Para él, México ha errado en la elección de los caminos que habrían podido llevarlo a la prosperidad, al desarrollo cabal y pleno, al encuentro con su identidad como nación verdadera” (1994, p. 218)

Conclusión

En base a lo que hemos visto, podemos afirmar que el arte es susceptible de ser estudiado por medio de las teorías sociológicas, puesto que la relación que existe entre la obra artística y el contexto social en el que ésta es creada es innegable. Al tratarse de un objeto literario, nos encontramos con la posibilidad de observar en su contenido un reflejo de la sociedad y la cultura a la que pertenece, pues como dice Karl Mannheim: “La génesis social e histórica de una idea carecería de importancia en cuanto a su validez última, si las condiciones sociales y temporales de su aparición no tuvieran efecto alguno sobre su contenido y su forma”. (1987, p. 236-237)

Si el periodo histórico en el que se produce determinada obra literaria corresponde además con un momento de transición social, es probable que los valores en ella expresados estén vinculados con la definición de una identidad nacional. La historia y la cultura son el vínculo donde se codifica esta relación generando diferentes horizontes de expectativas en función de sus espacios de experiencia.

Como se pudo observar, en el caso de la narrativa de José Emilio Pacheco nos encontramos con una descripción de la cultura y la sociedad del México posrevolucionario que enfatiza varios aspectos relativos a la construcción de un código sociocultural que coincide con la propia historicidad del autor: en su juventud se encontró en medio de la agitación del movimiento del 68, el cual expresa el agotamiento de la hegemonía nacionalista revolucionaria, e incluso su propio perfil estético se da en el encuentro de las vanguardias artísticas emergentes de la posguerra.

Entre los diferentes elementos explorados en sus relatos, el primero de ellos, la identidad nacional, se nos presenta en un proceso de asimilación de aspectos pertenecientes a culturas extranjeras. En el caso del entorno urbano, el autor ve en la transición hacia la modernización una degradación de la ciudad en términos de la desaparición de una memoria histórica. Sobre la política, Pacheco utiliza las breves referencias a personajes públicos para realizar una crítica en la que destaca con ironía el carácter corrupto de funcionarios y gobernantes.

Y, finalmente, cuando identificamos los ideales revolucionarios en la sociedad de mediados del siglo pasado, nos topamos con un tono literario sugerente de una postura desilusionada por parte del autor, que ve como promesas incumplidas la supuesta unión del pueblo y el gobierno de la Revolución.

De esta manera, la obra de Pacheco nos ofrece una amplia visión, pero además una crítica, hacia la situación histórica y la sociedad desde la cual es creada su obra, utilizando como único medio la obra literaria.

Thursday, March 11, 2010

Desde el neoclásico, con Razón...

Cuando Nicolas Boileau-Desperaux decidió plasmar, de manera poética, las ideas neoclásicas sobre el arte, compuso esta sencilla obra plagada de racionalidad à la grecque:

"What-e'er you write of Pleasant and Sublime,
Always let sense accompany your Rhyme:
Falsely they seem each other to oppose;
Rhyme must be made with Reason's Laws to close:
And when to conquer her you bend your force,
The Mind will Thrumph in the Noble Course"

(Citado en Farah, 297)


Corría el último cuarto del siglo XVII. Desde el descubrimiento de las ruinas de Pompeya, los europeos habían resdescubierto los valores artísticos de la antigua Grecia y se habían dado a la tarea de retomar los ideales de perfección, racionalismo y sobriedad. El arte debía obedecer a reglas estética fijadas pensado en cómo interpretaban la Antigüedad. No es casualidad que le poesía, que debía someterse a tan rigurosas ideas como las que plantea Boileau, no haya sido la mejor expresión de la literatura neoclásica.


Farah, Mounir y Andrea Karls. World History: The Human Experience. New York: Glencoe McGraw-Hill, 2000.

Sunday, March 7, 2010

La muerte del Rococó en Francia

El triunfo de la ideología burguesa en el Cándido, de Voltaire

La activa vida que Voltaire llevó dentro de la corte francesa y el rebosamiento de aventuras que se narran en tan breve novela, ha llevado a muchos a sugerir que Cándido es uno de los pocos ejemplos que conocemos de literatura rococó. Sin embargo, si miramos un poco más de cerca al tiempo en que esta novela se creó, podríamos entender mucho mejor cómo en Cándido, Voltaire se encuentra exhibiendo el gran conflicto de su época: la pérdida de poder de la aristocracia –bajo cuyas órdenes el Rococó prolifera- y su transferencia a la naciente burguesía, representada en la escritura neoclásica.

La sociología de la literatura es el método que nos permite analizar e interpretar las obras literarias basándonos no su estructura lingüística, sino por el contexto social que las rodea. La literatura es vista por esta teoría como un fenómeno social, y así, se observa a una obra literaria y al autor de la misma como partícipes de diversas relaciones con el momento histórico en que se desenvuelven y el tipo de sociedad a la que pertenecen. (Hauser, Sociology of Art)

Este tipo de análisis permite desarrollar conclusiones sobre una obra en particular a partir de las relaciones probables que existen entre la estructura literaria del texto y las estructuras sociales, es decir, observando en el texto aquello que conocemos de la sociedad de donde proviene.

De esta forma, la intención de este ensayo es probar que Cándido, escrito por Voltaire en 1759, es un texto neoclásico y no una novela rococó, al comprobar la gran diferencia que existe entre este estilo artístico y la novela de Voltaire.

Francia, nación cambiante, en tiempos de Voltaire

La época precisa en la que se desarrolló la vida de Voltaire fue una de innumerables cambios para Francia. Desde que comenzó a gestarse lo que se conoce como la Ilustración, la visión tradicional del mundo fue ampliamente cuestionada y enfrentada a las nuevas posturas resultantes de la ciencia y sus recién formuladas leyes sobre el universo, lo que condujo a renovar la percepción de las personas sobre la vida.

En Francia, este movimiento, que había comenzado con las ideas de Locke y las teorías de Newton en Inglaterra, fue particularmente poderoso. Surgieron numerosos filósofos y científicos que compartían algunas ideas generales que contrariaban la ideología común de la época: un desprecio hacia las supersticiones y la oposición religiosa al desarrollo de las ciencias, la creencia en la libertad individual y de expresión, y la confianza en la naturaleza racional del hombre.

Estas ideas filosóficas, junto con otras artísticas, eran comentadas y discutidas con frecuencia en los salones de París, en donde los intelectuales, los nobles y la gente ilustrada de la clase media se mezclaban y charlaban con frecuencia. Probablemente era en ocasiones tensa la atmósfera en estos lugares, puesto que parte de la aristocracia se sentía amenazada por el creciente poder de la burguesía en los ámbitos económico, político y social (Hauser, Historia social de la literatura y el arte 10). Sus gustos eran diametralmente opuestos: mientras que la aristocracia adora el ornato que invade y recarga cada superficie libre, la burguesía prefiere la sencillez, orden y claridad; los primeros viven de disfrutar del ocio, de la vida de lujos ilimitados y distracciones, los segundos prefieren disfrutar de los frutos del trabajo. Es lógico suponer que también sus opiniones en torno a las nacientes posturas filosóficas variaran grandemente debido a sus diferentes contextos.

Alrededor de 1571 se publica la gran obra conocida como la Enciclopedia, símbolo de la Ilustración y en la que trabajaron los más destacados filósofos dirigidos por Denis Diderot. Su contenido pretendía abarcar todo lo conocido hasta entonces en temas de historia, ciencias y tecnología, y criticaba fuertemente a la Iglesia y al sistema de gobierno.

La publicación de este material fue polémica. La Iglesia Católica prohibió la obra y muchos de los colaboradores fueron mandados a prisión. Sin embargo, la Enciclopedia continuó leyéndose y sus ideas fueron ampliamente difundidas en Europa y, posteriormente, en América.

El arte en los tiempos de cambio

El tiempo que para el estudio de esta obra nos interesa, enmarcado por el final del siglo XVII y por el siglo XVIII, vio pasar tres estilos artísticos de importancia: el barroco, el rococó y el neoclásico. Cada uno de ellos no sólo presentaba elementos distintos unos de otros, sino que representaba posturas aún más diferentes.

El Barroco se caracteriza por expresar la emoción de manera muy intensa, provocando un cierto efecto dramático, en el que juegan constantemente las oposiciones (Farias Marcone y Gallardo Rouliez 62): el bien y el mal, Dios y el diablo, por ejemplo. Prefiere este estilo la complejidad sobre las formas sencillas: en la arquitectura la ornamentación es realmente ostentosa y, a veces, retorcida, con formas ondulantes y abundantes cubiertas doradas. En la pintura los cuerpos aparecen en movimiento o contorsionados, el dibujo de la figura es difuso y trabaja mucho el claroscuro; si observamos las obras de algún pintor representativo, como Caravaggio, notamos como predomina la oscuridad, misma que concuerda con su espíritu medio fatalista. En la literatura, la proliferación de figuras como la metáfora y el hipérbaton son la marca distintiva, creando obras de intenso dramatismo que se encierran en un lenguaje casi oscuro por la complejidad de su construcción. En todas sus manifestaciones, el Barroco se encontraba estrechamente relacionado con la religión y sus grandes obras estuvieron casi siempre solventadas por la Iglesia.

Con frecuencia al Rococó se le considera como la última etapa del barroco porque también es rico en ornamentación ostentosa, pero algunos autores lo definen como un estilo artístico independiente debido sus marcadas diferencias (Farias Marcone y Gallardo Rouliez; Navarro). El Rococó representa una vida regalada y hermosa, libre de preocupaciones, ociosa, demasiado alegre y superficial. La Iglesia no tiene cabida en esta visión tan superficial y pecaminosa de la existencia, propia de la aristocracia francesa.

Posteriormente surge el Neoclasicismo como una reacción contraria a ambos movimientos: su principal característica es la sencillez de la forma, así como lo fue la fastuosidad de la ornamentación en los otros dos estilos, sin que por esto dejen de ser majestuosas sus creaciones. Los artistas neoclásicos se inspiraban en las grandes obras de la antigüedad grecolatina, y sus ideales eran la belleza sencilla y fría, la claridad y el orden, y el retrato fiel de la naturaleza. Se siguen fielmente las reglas de la estética, basadas en aquellas de los antiguos para cada una de las artes. Pero el Neoclásico también participa de los asuntos propios de su tiempo: se encuentra lleno de un sentimiento de liberación y crítica, se burla de los absurdos que persisten en ese tiempo y se dirige a la creciente burguesía como su público y su mecenas.

Un estilo transitorio: el Rococó

El Rococó estuvo casi siempre al servicio de la aristocracia y, en ocasiones, de la clase media alta (Hauser, Historia social de la literatura y el arte 38) pero era, al igual que el Barroco, impresionante y ostentoso. Sin embargo, el Rococó carecía de la solemnidad y dramatismo que caracterizaba a este último, pues servían a una vida de ligerezas y jovialidades tan fantástica como la corte francesa. Sus temas preferidos eran superficiales: la galantería y el erotismo. Además, en vez de producir un sentimiento de protección, respeto e inferioridad, como suele suceder al encontrarse frente a una construcción barroca; pretendía generar otro tipo de impresiones, como lo eran la elegancia, la ligereza, la pureza, la belleza y la fragilidad, y producir una sensación de intimidad.

En la arquitectura, las construcciones no son ya monumentales, sino que se limitan a salones, pequeñas mansiones, hoteles, en los cuales se pretende crear un ambiente de cercanía. Para toda ornamentación metálica, el dorado es sustituido por la plata. Los detalles cobran una mayor importancia: las porcelanas, los tapices y las miniaturas cuidadosamente elaborados adornan cada uno de estos espacios.

En la pintura, la figura con líneas definidas desplaza a las manchas y siluetas. Los colores oscuros son cambiados por tonos más alegres y “ligeros”, como el rosa, el verde y los tonos pastel. Con frecuencia, la plástica rococó reprodujo las distracciones y las diversiones de la sociedad a la que se destinaba (Navarro 100 - 101; Farias Marcone y Gallardo Rouliez), y encontramos así desde temas mitológicos y bucólicos*, hasta las fiestas lujosas y los bailes galantes que realizaban frecuentemente las familias aristócratas, la sugestión erótica, la intimidad entre un hombre y una mujer, las aventuras amatorias, el cortejo de una dama y, curiosamente, las figuras del teatro italiano.

* Las fantasías sobre el mundo pastoril fueron de las favoritas de la aristocracia francesa, especialmente para las mujeres. En la Francia del siglo XVIII es posible encontrar desde las muestras más sencillas, como la lectura de narrativa y poesía bucólica (Hauser, Historia social de la literatura y el arte; Blume), hasta las excentricidades de la reina María Antonieta, quien se disfrazaba de campesina en su petit maison y gustaba de ordeñar vacas y cultivar el jardín (Farah).

El rococó literario

El Rococó no es considerado, salvo raras excepciones, como un estilo literario formal, y son muy pocas obras podrían ser consideradas dentro de esta categoría. En general, quienes estudian el tema localizan dentro de la literatura rococó algunos trabajos de poesía ligera y no de narraciones (Blume).

Para cumplir con las características de esta estética, una obra de la literatura rococó debería poseer alguna similitud, aunque sea ligera, con la escritura barroca en cuanto a forma, por ejemplo, que fuera abundante en metáforas y adjetivos. Sin embargo, la temática sería completamente opuesta a la de producción barroca: sus temas principales serían de tipo amatorio y cuyos pasajes describirían aventuras de amantes, galanteos, chantajes y seducciones.

La novela rococó es en todo similar a la pintura de los representantes de esta época, como Watteau y Fragonard. Tratan de aventuras amorosas en las que el papel de la sociedad es abrumador, puesto que los personajes deben aprender a mover las piezas de su juego según las reglas que ésta les dicta (Hauser, Historia social de la literatura y el arte 37). En el transcurso de la narración hay trampas y engaños, hay sentimentalismos y hay deslices.

No hay cabida en el Rococó literario para la crítica o la reflexión, no se trata de retratar un mundo más allá de los palacios, las maisons o los jardines. Es tan sólo una ‘literatura de evasión’ (Blume), una escritura destinada al entretenimiento de jóvenes ociosos que esperan la siguiente reunión social, embebidos en la complejidad de sus relaciones galantes en un mundo de apariencias.

La historia de Cándido

La novela de Cándido narra las peripecias de un joven ingenuo que vive una vida regalada en el castillo de un barón de Westfalia hasta que es sorprendido tratando de besar a la hija de éste, por lo que es expulsado del que considera “el mejor y más bello de los castillos”. Sus aventuras lo llevan a recorrer numerosos lugares del mundo y a conocer a más diversos personajes.

Aunque su meta es regresar con la hija del barón, Cunegunda, pareciera que su propósito al recorrer el mundo y observar las distintas formas de vida es comprobar si es o no cierto lo que le decía el preceptor del castillo de Westfalia, el filósofo Pangloss, que “todo es perfecto en el mejor de los mundos posible”. Cándido es un optimista que cree, enseñado por Pangloss, que no hay nada mejor que sentarse a pensar sobre los problemas eternos mientras se está en el mejor de los lugares que podrían existir.

Cándido es una novela satírica, y como tal, la figura retórica imperante en todo el relato es la ironía, y por medio de ella se critican las más diversas instituciones, formas de pensamiento y actitudes sociales que caracterizaban el Viejo Régimen y su mundo anticuado.

Por ejemplo, en los capítulos referentes a la catástrofe de Lisboa, se hace una burla de la superstición y los actos bárbaros que todavía en ese tiempo caracterizaban a la Iglesia y al Santo Oficio. Cada vez que Cándido repite la máxima de Pangloss, en realidad se refiere a la metafísica de Leibniz (Brailsford 111 - 113) y a la creencia generalizada en sus ideas optimistas.

Las peripecias son narradas de manera casi totalmente informativa. Con de las aventuras de Cándido y sus amigos conocemos a antiguos reyes y condes, como a seres fantásticos. A través de todo el relato se nos cuentan innumerables tragedias, se habla sobre el sufrimiento de los que han poseído todo y lo pierden, y de los que nunca han poseído nada. Un caso excepcional, el país de Eldorado, es dichoso porque no está preocupado en poseer; quizá sea ésta una crítica más a una de las sociedades más consumistas de la historia, la aristocracia francesa.

Al final de la obra, Cándido se reencuentra con su meta ideal, Cunegunda, aunque ya no es joven ni bella como cuando la amó por primera vez. Sus aventuras terminan y consiguen asentarse, junto con todo su grupo, en una especie de paz al poner fin a sus viajes y encontrarse sin un solo centavo. Pero el mundo según lo pensaba Cándido y lo defendía Pangloss les resulta inútil: los ideales por los que peleaban pierden su brillo y la vida filosofando se vuelve aburridísima. ¿Era ese realmente el mejor de los mundos posibles?

Una moraleja

La solución del problema que hacia el final de la obra se les presenta a nuestros héroes es la clave para comprender el propósito de la misma, y hasta parece servir como recompensa después de las innumerables aventuras satíricas que pierden mucho al estar tan lejos en el tiempo.

Dentro de su tediosa existencia nueva, Cándido y Pangloss se topan con un anciano que –a diferencia del informado filósofo- no sabe nada de lo que sucede en las ciudades ni le importa detenerse a pensar en las causas del mejor de los mundos o en otros problemas metafísicos; su vida la pasa en una casita con un pequeño huerto y sus jóvenes hijos, y todos se preocupan exclusivamente de trabajar la tierra para obtener lo que necesitan e incluso más. Esta familia es más feliz que todos los reyes que han conocido a lo largo de sus andares y, sorprendentemente, no conocen el aburrimiento del que ellos sufren constantemente.

Esto resuelve a Cándido. Se da cuenta que la solución a sus problemas, tanto de bancarrota como de tedio, se encuentran en el modo práctico del anciano. Desde ese momento, el grupo entero está decidido a dedicarse a actividades industriosas, como cultivar el jardín o cualquier otro trabajo para el que demuestren aptitud y sea útil para la vida comunitaria. Todo con una condición: no se admiten discusiones, es decir, no hay lugar para la contemplación.

Una conclusión sobre Cándido: definiendo su estilo según su ideología

Al leer esta celebre novela de Voltaire, podemos encontrarnos una multiplicidad de elementos que nos ayudan a encontrar su clasificación dentro de los estilos artísticos de la época, algunos de los cuales se encuentran en esta conclusión.

Cándido es una novela en la que abunda la crítica social, usualmente bajo la forma de parodia, lo que la constituye como obra satírica. Esto significa que el lector de la época se estaría enfrentando a situaciones para él reales y cotidianas, representadas y ridiculizadas en la lectura, produciendo así la reflexión y no una pasiva recepción de lo narrado. Esto no encaja con el concepto de literatura de evasión (Blume) que es como se le conoce a lo literario del rococó.

Su forma de narrar la historia es más bien austera: pocos son los adornos y las figuras utilizadas, a diferencia del Barroco y del Rococó.

La principal evidencia que encontramos para aplicar un estilo a Cándido lo encontramos en su moraleja expresada en el final de la obra. Voltaire propone como solución el trabajo contra el ocio, y esto es tan importante como simbólico. El ocio y el trabajo son dos conceptos representan en realidad a dos grupos sociales: la aristocracia, pues su ritmo de vida depende del entretenimiento y la diversión; mientras que el trabajo, en cambio, es el símbolo de la burguesía y su principal valor (Hauser, Historia social de la literatura y el arte 10 - 11). Recordemos que el Rococó, en todas sus manifestaciones artísticas, era la expresión de la aristocracia desocupada, y que el arte neoclásico tuvo una buena acogida por el Tercer Estado, quienes tomaron de él parte de las ideas que inspirarían las revoluciones burguesas.

Finalmente, Cándido no es una expresión del arte rococó, sino un fruto completo del Neoclasicismo y de uno de sus mayores representantes: Voltaire. Su exaltación al trabajo y su negación a la contemplación ociosa, su alejamiento del ambiente de las cortes, la simplicidad de las relaciones amorosas y la ausencia de episodios galantes que carecieran de ironía, no permitirán dudar de que Cándido, lejos de pertenecer a la literatura rococó, sea un completo contrario a ella.


Bibliografía

Blume, Jaime. «Cinclo siglos de reflexión en torno al arte: El pensamiento estético del Renacimiento hasta el siglo XIX.» 2006. Cuadernos de la Facultad de Historia, Geografía y Letras. Ed. Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. 14 de 11 de 2008 .

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