Tuesday, May 18, 2010

José Emilio Pacheco: Una mirada social al México posrevolucionario

El arte […] no ha de considerarse como expresión de un sujeto individual.

El sujeto es únicamente el lugar o el medio donde habla la verdad del mundo

(Eagleton, 1988: 84)



La historia literaria en México ha sido desde su origen un fenómeno de amplia conexión con las temáticas sociales, pues a través de una extensa de red de escritores y ensayistas ha sido posible identificar desde referencias hacia procesos históricos, como la Independencia o la Revolución, hasta interesantes observaciones acerca de la identidad cultural y social.

En esta perspectiva, la obra de José Emilio Pacheco constituye uno de los mejores ejemplos, dentro del siglo XX, de cómo la literatura puede ofrecer un panorama y un punto de vista crítico sobre la cultura y la sociedad en un periodo determinado de la historia, puesto que en sus relatos es común encontrar referencias muy especificas a acontecimientos sociales, espacios urbanos, personajes públicos y comportamientos culturales.

Esta conexión entre la obra y la realidad extra literaria, ha sido manejada ya por varios teóricos y críticos que han tendido puentes entre la sociología y la literatura. Eva Kushner, por ejemplo, nos dice que “…la noción de literatura, así como la de su historia, están relacionadas con la episteme de una sociedad y cultura dadas, con un momento preciso de su historia” (1993, p. 135). De lo cual se desprende que las formas que toma la producción literaria dependen de la manera en que se dan las relaciones sociales y el ambiente cultural de una época.

Para realizar un análisis que involucre tanto el factor histórico como su episteme y que nos permita abordar la obra literaria a partir del elemento sociocultural –dentro de la obra y su contexto-, se puede recurrir a los estudios sociológicos. La sociología del arte estudia la construcción de las ideas estéticas y de la valoración del arte como fenómenos sociales, por medio de la contextualización de las obras. El arte es visto como un producto social y el acercamiento a los objetos de estudio es a partir del contexto de la producción artística. Es decir, el arte es intrínsecamente social.

Vera L. Zolberg (1990) nos habla de las artes como de entidades de construcción social, cuyos significados son simbólicos y mutables, dependiendo de las condiciones; es decir, que la categorización de qué es arte depende del contexto en el cual es producido, y que de éste mismo, depende lo que vaya a significar.

Si tomamos —como es en el presente caso— una obra literaria para estudiarla a partir de este punto de vista, podremos observar en ella el entorno en el que es creada, o bien los reflejos sobre este mismo entorno mientras aparecen en el relato. Es decir, estaríamos ubicando la obra en un tiempo y un espacio determinado, identificándola con un momento histórico preciso y su cultura –todo lo cual forma lo que podríamos llamar su ‘situación’- con el fin de lograr una mejor comprensión del texto. Hablamos de reflejo en un sentido semántico, como eje de la comunicación, y no en el sentido del idealismo filosófico que en autores clásicos atribuía el significado de la obra a entidades inmateriales como el espíritu o el alma. El problema de investigación de la sociología del arte y la literatura es un problema relativo a la comunicación.

Realizar una aproximación de esta índole al texto literario puede resultar en una multiplicidad de interpretaciones válidas, pero el relato adquiere la propiedad de no poseer una verdad única sobre sí, ya que las interpretaciones dependerán del conocimiento que se tenga sobre su contexto. “Cualquier interpretación –nos dice Terry Eagleton- debe tomar en cuenta la situación […]; queda modelada y sujeta por los criterios históricos ricamente relativos de una cultura en particular; no existe posibilidad de conocer un texto literario <>” (1988, p. 92).

En la actualidad, los estudios literarios se basan en una noción de literatura caracterizada por su vinculación con la comunicación, en la cual, el criterio de estudio es el público receptor de la obra o el destinatario de la misma. Esto determina la interpretación del texto literario ya que crea una expectativa, la cual es producto de la situación sociocultural del receptor. Incluso, este mismo público receptor es el que establece las reglas por las cuales una obra puede ser considerada artística.

Al respecto, Hans-Robert Jauss, destacado teórico representante de la llamada Estética de la Recepción, comenta que “…el código de normas estéticas de un público literario determinado […] podría y tendría que ser modulado sociológicamente, según las expectativas de los grupos y de las clases, y relacionado así con los intereses y las necesidades de la situación histórica y económica que determinan estas expectativas” (Citado en Cros, 1993, p. 147).

Cuando al interior de la sociedad advienen procesos que afectan su estructura, produciendo una transformación de los valores que ésta persigue, el arte y la literatura responden a estos cambios modificando también sus formas y sus temas. Hay una situación de intercambio entre sociedad y autores, con lo cual la relación entre estos polos, sujeto y objeto, infiere directamente en la calidad de la forma de mediación, el lenguaje.

Si revisamos la historia de México, notaremos que en cada uno de sus movimientos sociales se dan renovaciones en las maneras en que interactúan los grupos y las clases sociales, desde la economía a la política, pero que también existe una reforma en los valores nacionales y por tanto, la producción artística genera discursos que acentúan los ámbitos de estas relaciones. Por ello, es comprensible que el modernismo literario genere una abundancia de metáforas y barroquismo surgido de una visión extranjera tomada como ideal o que la novela de la revolución se produzca en un entramado dramático con mezcla de festividad y tragedia.

Es bastante visible que la difusión de muchos movimientos artísticos haya sido promovida por medio de una extensa producción literaria, cuyos temas fueron alimentados por discursos convertidos en valores que con el tiempo se volvieron hegemónicos o dominantes. Kushner nos recuerda que “todo despertar nacional va acompañado infaliblemente de la producción de obras de historia literaria, o por lo menos de obras que tienden al estatuto de historias literarias nacionales —éste es, por ejemplo el caso, en la actualidad, de las literaturas de América Latina y el Caribe—” (Ibíd., p. 137).

En todo proceso de transición social, se puede reconocer como uno de los intereses prioritarios el de la delimitación o reformulación de una identidad, cuando se vuelca a la definición de lo nacional a partir de los valores e ideales que promovieron un movimiento en su ascenso al poder, genera estructuras significativas que se convierten en lo que Clifford Geertz (1987) ha llamado símbolos, formas de entramado cultural.

Gracias a este reconocimiento del papel comunicativo del símbolo, se puede saber que no se trata de ver en los textos, cuando se analizan, los posibles medios de expresión de un aparato ideológico que promueve los valores adoptados por el Estado, sino más bien de observar, a través de los relatos, la forma en que éstos son vividos por la sociedad y reflejados en el objeto literario.

Para el presente análisis, he decido seleccionar algunos relatos en prosa escritos por José Emilio Pacheco, ya que su obra se encuentra en una muy estrecha relación con uno de los procesos sociales más importantes para la definición del México moderno: la Revolución de 1910 y la sociedad que ésta engendró.

José Emilio Pacheco y el problema de la identidad

Para Pacheco, nacido en 1939, el tema de la identidad nacional resulta crucial en el momento histórico que decide relatar en la mayor parte de sus historias: México pasa de una exaltación del carácter nacional y de la inclusión de lo popular a la cultura, a un desplazamiento de ésta como consecuencia de la ‘modernización’ del país, modernización que se traduce en la introducción de objetos, costumbres e incluso modismos lingüísticos procedentes del extranjero a la cotidianidad mexicana.

La obra en la que más claramente se aprecia esta transición es Las batallas en el desierto (1981). A lo largo de este relato, que narra el encuentro de Carlitos (un niño) con Mariana –una mujer mayor, madre de su mejor amigo, de la cual se enamora-, el autor nos presenta un México en proceso de transformación. Por un lado está la tradición, representada en objetos como las comidas típicas, las bebidas como el tequila y las aguas frescas, los libros de tiras cómicas redactadas en español y la educación pública nacionalista; pero la tradición aparece como obsoleta, objeto incluso de vergüenza comparada con las nuevas marcas de refrescos, las lecturas norteamericanas, los anglicismos, la comida rápida y la educación privada que en esta obra reflejan el inicio de lo que podría considerarse como una invasión cultural por parte de países extranjeros, concretamente Estados Unidos.

Este mismo tema es tratado, con mayor violencia, en el cuento titulado ‘La fiesta brava’ (1972). El protagonista, Andrés Quintana, es invitado a colaborar con una revista que se fundará tomando como modelo algunas publicaciones neoyorquinas, con la peculiaridad de que ésta, según palabras del relato “se hace aquí en Mexiquito, tiene ese defecto, ni modo” (Pacheco, 2007a, p. 79).

Arbeláez, anterior maestro suyo y quien realiza la invitación, representa esta transición hacia lo americano que se manifiesta en el texto, pues cambia la marca de sus cigarros de Delicados a Benson & Hedges, lee revistas en inglés y rechaza la historia de Quintana porque le parece “prehispánica, tercermundista y anti yanqui”, mientras que exalta las costumbres gringas y las considera superiores a las mexicanas. Ante la pluma de Pacheco, la cultura del país aparece como una entidad expuesta a la corrupción, quizá con el recelo de que estas manifestaciones culturales de procedencia extranjera, como lo indica Roger Bartra, lleguen a hacerse tan populares que puedan ser incorporadas a la cultura nacional (2005, p. 217).

El México urbano

Otro factor de observación sociocrítica en la obra de José Emilio Pacheco es la modificación del espacio urbano, el cual se ve tamizado bajo la lupa de la ruptura o la degradación. En el cuento ‘La zarpa’ (1972), la protagonista que narra a manera de confesión una anécdota, habla de una ciudad de México situada en el pasado del relato como un lugar precioso y cómodo, mientras hace un recuento de sitios con un tono de afecto y nostalgia.

A través de Las batallas en el desierto, el drama de la ciudad que desaparece es aún más fuerte. Relatada, al igual que ‘La zarpa’, desde una serie de recuerdos, esta novela va construyendo una imagen del México de mediados del siglo pasado. Algunos de los espacios son la colonia de los Doctores y la colonia Roma –perversa desde la óptica de ciertos personajes-, la escuela pública con patio de terracería, la plaza Ajusco, la casa de la viuda de Madero, las construcciones multifamiliares, las calzadas y avenidas, lugares todos con los que Carlitos establece relaciones de memoria y de afecto, y que terminan por desaparecer. Con tristeza y algo de amargura, un Carlos adulto nos informa que “demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años.” (Pacheco, 2007b, p. 67-68)

La política mexicana en la narración

Los diversos relatos de Pacheco presentan otro motivo en común que se conjuga en los textos: la aparición de las figuras políticas del México posrevolucionario. En ‘El principio del placer’ (1972), nos encontramos con referencias constantes de Adolfo Ruiz Cortines en vísperas de su ascensión al poder. Dentro de este cuento, se le presenta como un hombre mayor íntimamente ligado al movimiento revolucionario y al poder que de él surge, corrupto, favorecedor del ejército, y hasta tildado de traidor a través de personajes secundarios por su sospechosa participación en la ocupación norteamericana de Veracruz en 1914.

En Las batallas… nos topamos con la figura de Miguel Alemán Valdés, reconocido —tal vez irónicamente— como el presidente del progreso, de la modernización. Pacheco nos lo presenta como el inaugurador de numerosas obras de infraestructura –hospitales, carreteras y parques que para Carlitos son más bien “enormes monumentos inconclusos a sí mismo” (2007b, p. 16)- de las que se beneficiaban tanto él como sus allegados.

En ‘Langerhaus’ (1972) coloca de fondo a Gustavo Díaz Ordaz, criticando de paso su decisión de reprimir a los estudiantes para no estropear sus Olimpiadas (Pacheco, 2007a, p. 103), pero más aún a quienes se aprovecharon de la situación para escalar peldaños en busca de poder.

En ‘Tenga para que se entretenga’ (1972) aparece también Manuel Ávila Camacho caracterizado como “el hombre más temido de México” (Ibíd., p. 119), quien volvió millonarios a sus allegados al cederles los proyectos de construcción de carreteras y puentes. La corrupción no se encuentra exenta de la representación de la clase política en la obra; al contrario, matiza a cada una de las figuras políticas que en ella aparece.

Pacheco, la crítica del nacionalismo revolucionario

Hasta aquí, sólo he mencionado algunos aspectos que en la obra de José Emilio Pacheco nos muestran a la sociedad mexicana bajo el gobierno de la Revolución, mas ahora corresponde hablar sobre qué nos pueden decir estos relatos sobre el resultado mismo de este movimiento. Si a Pacheco le interesa tanto retratar esta situación histórica, es precisamente por su carácter social. Roger Bartra lo ve en términos de unificación, puesto que “…la Revolución fue un estallido de mitos, el más importante de los cuales es precisamente el de la propia Revolución. Los mitos revolucionarios no fueron levantados sobre biografías de héroes y tiranos, sino más bien sobre la idea de una fusión entre la masa y el Estado, entre el pueblo mexicano y el gobierno revolucionario” (2005, p. 215).

Esta unión del pueblo y del Estado, que debía cumplir con los ideales de democracia y bienestar nacionales que se habían convertido en estandartes de la lucha armada, son desmitificados en la obra. El periodo de los gobiernos emanados de la revolución estuvo plagado por los mitos del progreso y de la esperanza (recuérdese el llamado ‘milagro mexicano’) y Pacheco lo expresa desde el inocente punto de vista de Carlitos de la siguiente manera: “Sin embargo, había esperanza. Nuestros libros de texto afirmaban: Visto en el mapa México tiene forma de cornucopia o cuerno de la abundancia” (2007b, p. 11).

La Revolución debía ser el comienzo del camino que llevaría al país hacia un mejor futuro y una mayor prosperidad. Sin embargo, el milagro parece no haber llegado. Si nos detenemos a considerar los desenlaces de los relatos que hemos tomado para ejemplificar la temática social en la narrativa de Pacheco, podemos descubrir una constante: la desilusión. La ciudad que conoce Carlitos desaparece al final de Las batallas…, Jorge –el muchacho inocente, protagonista de ‘El principio del placer’, que se muda a Veracruz en el momento que su exploración del mundo comienza- se entera de que todo en lo que creía es una farsa, y cuentos como ‘Langerhaus’ o ‘Tenga para que se entretenga’ terminan envueltos en el misterio. No hay finales felices.

Esta desilusión la podemos traducir en una decepción por los ideales mismos de la Revolución, que el gobierno por ella impuesto termina traicionando, como nos lo muestra al autor al presentarnos un desfile de presidentes que en sus relatos destacan por la corrupción y el despotismo.

Ignacio Trejo Fuentes, al toparse con esta misma contemplación sobre el periodo histórico en la obra de Pacheco opina que “el autor se refiere al México posrevolucionario como a un país en ascuas, desconcertado entre su propia fuerza y azorado, inocente, frágil ante su devenir. Para él, México ha errado en la elección de los caminos que habrían podido llevarlo a la prosperidad, al desarrollo cabal y pleno, al encuentro con su identidad como nación verdadera” (1994, p. 218)

Conclusión

En base a lo que hemos visto, podemos afirmar que el arte es susceptible de ser estudiado por medio de las teorías sociológicas, puesto que la relación que existe entre la obra artística y el contexto social en el que ésta es creada es innegable. Al tratarse de un objeto literario, nos encontramos con la posibilidad de observar en su contenido un reflejo de la sociedad y la cultura a la que pertenece, pues como dice Karl Mannheim: “La génesis social e histórica de una idea carecería de importancia en cuanto a su validez última, si las condiciones sociales y temporales de su aparición no tuvieran efecto alguno sobre su contenido y su forma”. (1987, p. 236-237)

Si el periodo histórico en el que se produce determinada obra literaria corresponde además con un momento de transición social, es probable que los valores en ella expresados estén vinculados con la definición de una identidad nacional. La historia y la cultura son el vínculo donde se codifica esta relación generando diferentes horizontes de expectativas en función de sus espacios de experiencia.

Como se pudo observar, en el caso de la narrativa de José Emilio Pacheco nos encontramos con una descripción de la cultura y la sociedad del México posrevolucionario que enfatiza varios aspectos relativos a la construcción de un código sociocultural que coincide con la propia historicidad del autor: en su juventud se encontró en medio de la agitación del movimiento del 68, el cual expresa el agotamiento de la hegemonía nacionalista revolucionaria, e incluso su propio perfil estético se da en el encuentro de las vanguardias artísticas emergentes de la posguerra.

Entre los diferentes elementos explorados en sus relatos, el primero de ellos, la identidad nacional, se nos presenta en un proceso de asimilación de aspectos pertenecientes a culturas extranjeras. En el caso del entorno urbano, el autor ve en la transición hacia la modernización una degradación de la ciudad en términos de la desaparición de una memoria histórica. Sobre la política, Pacheco utiliza las breves referencias a personajes públicos para realizar una crítica en la que destaca con ironía el carácter corrupto de funcionarios y gobernantes.

Y, finalmente, cuando identificamos los ideales revolucionarios en la sociedad de mediados del siglo pasado, nos topamos con un tono literario sugerente de una postura desilusionada por parte del autor, que ve como promesas incumplidas la supuesta unión del pueblo y el gobierno de la Revolución.

De esta manera, la obra de Pacheco nos ofrece una amplia visión, pero además una crítica, hacia la situación histórica y la sociedad desde la cual es creada su obra, utilizando como único medio la obra literaria.

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