Cuando Nicolas Boileau-Desperaux decidió plasmar, de manera poética, las ideas neoclásicas sobre el arte, compuso esta sencilla obra plagada de racionalidad à la grecque:
"What-e'er you write of Pleasant and Sublime, Always let sense accompany your Rhyme: Falsely they seem each other to oppose; Rhyme must be made with Reason's Laws to close: And when to conquer her you bend your force, The Mind will Thrumph in the Noble Course"
(Citado en Farah, 297)
Corría el último cuarto del siglo XVII. Desde el descubrimiento de las ruinas de Pompeya, los europeos habían resdescubierto los valores artísticos de la antigua Grecia y se habían dado a la tarea de retomar los ideales de perfección, racionalismo y sobriedad. El arte debía obedecer a reglas estética fijadas pensado en cómo interpretaban la Antigüedad. No es casualidad que le poesía, que debía someterse a tan rigurosas ideas como las que plantea Boileau, no haya sido la mejor expresión de la literatura neoclásica.
Farah, Mounir y Andrea Karls. World History: The Human Experience. New York: Glencoe McGraw-Hill, 2000.
El triunfo de la ideología burguesa en el Cándido, de Voltaire
La activa vida que Voltaire llevó dentro de la corte francesa y el rebosamiento de aventuras que se narran en tan breve novela, ha llevado a muchos a sugerir que Cándido es uno de los pocos ejemplos que conocemos de literatura rococó. Sin embargo, si miramos un poco más de cerca al tiempo en que esta novela se creó, podríamos entender mucho mejor cómo en Cándido, Voltaire se encuentra exhibiendo el gran conflicto de su época: la pérdida de poder de la aristocracia –bajo cuyas órdenes el Rococó prolifera- y su transferencia a la naciente burguesía, representada en la escritura neoclásica.
La sociología de la literatura es el método que nos permite analizar e interpretar las obras literarias basándonos no su estructura lingüística, sino por el contexto social que las rodea. La literatura es vista por esta teoría como un fenómeno social, y así, se observa a una obra literaria y al autor de la misma como partícipes de diversas relaciones con el momento histórico en que se desenvuelven y el tipo de sociedad a la que pertenecen. (Hauser, Sociology of Art)
Este tipo de análisis permite desarrollar conclusiones sobre una obra en particular a partir de las relaciones probables que existen entre la estructura literaria del texto y las estructuras sociales, es decir, observando en el texto aquello que conocemos de la sociedad de donde proviene.
De esta forma, la intención de este ensayo es probar que Cándido, escrito por Voltaire en 1759, es un texto neoclásico y no una novela rococó, al comprobar la gran diferencia que existe entre este estilo artístico y la novela de Voltaire.
La época precisa en la que se desarrolló la vida de Voltaire fue una de innumerables cambios para Francia. Desde que comenzó a gestarse lo que se conoce como la Ilustración, la visión tradicional del mundo fue ampliamente cuestionada y enfrentada a las nuevas posturas resultantes de la ciencia y sus recién formuladas leyes sobre el universo, lo que condujo a renovar la percepción de las personas sobre la vida.
En Francia, este movimiento, que había comenzado con las ideas de Locke y las teorías de Newton en Inglaterra, fue particularmente poderoso. Surgieron numerosos filósofos y científicos que compartían algunas ideas generales que contrariaban la ideología común de la época: un desprecio hacia las supersticiones y la oposición religiosa al desarrollo de las ciencias, la creencia en la libertad individual y de expresión, y la confianza en la naturaleza racional del hombre.
Estas ideas filosóficas, junto con otras artísticas, eran comentadas y discutidas con frecuencia en los salones de París, en donde los intelectuales, los nobles y la gente ilustrada de la clase media se mezclaban y charlaban con frecuencia. Probablemente era en ocasiones tensa la atmósfera en estos lugares, puesto que parte de la aristocracia se sentía amenazada por el creciente poder de la burguesía en los ámbitos económico, político y social(Hauser, Historia social de la literatura y el arte 10). Sus gustos eran diametralmente opuestos: mientras que la aristocracia adora el ornato que invade y recarga cada superficie libre, la burguesía prefiere la sencillez, orden y claridad; los primeros viven de disfrutar del ocio, de la vida de lujos ilimitados y distracciones, los segundos prefieren disfrutar de los frutos del trabajo. Es lógico suponer que también sus opiniones en torno a las nacientes posturas filosóficas variaran grandemente debido a sus diferentes contextos.
Alrededor de 1571 se publica la gran obra conocida como la Enciclopedia, símbolo de la Ilustración y en la que trabajaron los más destacados filósofos dirigidos por Denis Diderot. Su contenido pretendía abarcar todo lo conocido hasta entonces en temas de historia, ciencias y tecnología, y criticaba fuertemente a la Iglesia y al sistema de gobierno.
La publicación de este material fue polémica. La Iglesia Católica prohibió la obra y muchos de los colaboradores fueron mandados a prisión. Sin embargo, la Enciclopedia continuó leyéndose y sus ideas fueron ampliamente difundidas en Europa y, posteriormente, en América.
El tiempo que para el estudio de esta obra nos interesa, enmarcado por el final del siglo XVII y por el siglo XVIII, vio pasar tres estilos artísticos de importancia: el barroco, el rococó y el neoclásico. Cada uno de ellos no sólo presentaba elementos distintos unos de otros, sino que representaba posturas aún más diferentes.
El Barroco se caracteriza por expresar la emoción de manera muy intensa, provocando un cierto efecto dramático, en el que juegan constantemente las oposiciones(Farias Marcone y Gallardo Rouliez 62): el bien yel mal, Dios y el diablo, por ejemplo. Prefiere este estilo la complejidad sobre las formas sencillas: en la arquitectura la ornamentación es realmente ostentosa y, a veces, retorcida, con formas ondulantes y abundantes cubiertas doradas. En la pintura los cuerpos aparecen en movimiento o contorsionados, el dibujo de la figura es difuso y trabaja mucho el claroscuro; si observamos las obras de algún pintor representativo, como Caravaggio, notamos como predomina la oscuridad, misma que concuerda con su espíritu medio fatalista. En la literatura, la proliferación de figuras como la metáfora y el hipérbaton son la marca distintiva, creando obras de intenso dramatismo que se encierran en un lenguaje casi oscuro por la complejidad de su construcción. En todas sus manifestaciones, el Barroco se encontraba estrechamente relacionado con la religión y sus grandes obras estuvieron casi siempre solventadas por la Iglesia.
Con frecuencia al Rococó se le considera como la última etapa del barroco porque también es rico en ornamentación ostentosa, pero algunos autores lo definen como un estilo artístico independiente debido sus marcadas diferencias(Farias Marcone y Gallardo Rouliez; Navarro). El Rococó representa una vida regalada y hermosa, libre de preocupaciones, ociosa, demasiado alegre y superficial. La Iglesia no tiene cabida en esta visión tan superficial y pecaminosa de la existencia, propia de la aristocraciafrancesa.
Posteriormente surge el Neoclasicismo como una reacción contraria a ambos movimientos: su principal característica es la sencillez de la forma, así como lo fue la fastuosidad de la ornamentación en los otros dos estilos, sin que por esto dejen de ser majestuosas sus creaciones. Los artistas neoclásicos se inspiraban en las grandes obras de la antigüedad grecolatina, y sus ideales eran la belleza sencilla y fría, la claridad y el orden, y el retrato fiel de la naturaleza. Se siguen fielmente las reglas de la estética, basadas en aquellas de los antiguos para cada una de las artes. Pero el Neoclásico también participa de los asuntos propios de su tiempo: se encuentra lleno de un sentimiento de liberación y crítica, se burla de los absurdos que persisten en ese tiempo y se dirige a la creciente burguesía como su público y su mecenas.
El Rococó estuvo casi siempre al servicio de la aristocracia y, en ocasiones, de la clase media alta(Hauser, Historia social de la literatura y el arte 38) pero era, al igual que el Barroco, impresionante y ostentoso. Sin embargo, el Rococó carecía de la solemnidad y dramatismo que caracterizaba a este último, pues servían a una vida de ligerezas y jovialidades tan fantástica como la corte francesa. Sus temas preferidos eran superficiales: la galantería y el erotismo. Además, en vez de producir un sentimiento de protección, respeto e inferioridad, como suele suceder al encontrarse frente a una construcción barroca; pretendía generar otro tipo de impresiones, como lo eran la elegancia, la ligereza, la pureza, la belleza y la fragilidad, y producir una sensación de intimidad.
En la arquitectura, las construcciones no son ya monumentales, sino que se limitan a salones, pequeñas mansiones, hoteles, en los cuales se pretende crear un ambiente de cercanía. Para toda ornamentación metálica, el dorado es sustituido por la plata. Los detalles cobran una mayor importancia: las porcelanas, los tapices y las miniaturas cuidadosamente elaborados adornan cada uno de estos espacios.
En la pintura, la figura con líneas definidas desplaza a las manchas y siluetas. Los colores oscuros son cambiados por tonos más alegres y “ligeros”, como el rosa, el verde y los tonos pastel. Con frecuencia, la plástica rococó reprodujo las distracciones y las diversiones de la sociedad a la que se destinaba (Navarro 100 - 101; Farias Marcone y Gallardo Rouliez), y encontramos así desde temas mitológicos y bucólicos*, hasta las fiestas lujosas y los bailes galantes que realizaban frecuentemente las familias aristócratas, la sugestión erótica, la intimidad entre un hombre y una mujer, las aventuras amatorias, el cortejo de una damay, curiosamente, las figuras del teatro italiano.
*Las fantasías sobre el mundo pastoril fueron de las favoritas de la aristocracia francesa, especialmente para las mujeres. En la Francia del siglo XVIII es posible encontrar desde las muestras más sencillas, como la lectura de narrativa y poesía bucólica (Hauser, Historia social de la literatura y el arte; Blume), hasta las excentricidades de la reina María Antonieta, quien se disfrazaba de campesina en su petit maison y gustaba de ordeñar vacas y cultivar el jardín (Farah).
El Rococó no es considerado, salvo raras excepciones, como un estilo literario formal, y son muy pocas obras podrían ser consideradas dentro de esta categoría. En general, quienes estudian el tema localizan dentro de la literatura rococó algunos trabajos de poesía ligera y no de narraciones (Blume).
Para cumplir con las características de esta estética, una obra de la literatura rococó debería poseer alguna similitud, aunque sea ligera, con la escritura barroca en cuanto a forma, por ejemplo, que fuera abundante en metáforas y adjetivos. Sin embargo, la temática sería completamente opuesta a la de producción barroca: sus temas principales serían de tipo amatorio y cuyos pasajes describirían aventuras de amantes, galanteos, chantajes y seducciones.
La novela rococó es en todo similar a la pintura de los representantes de esta época, como Watteau y Fragonard. Tratan de aventuras amorosas en las que el papel de la sociedad es abrumador, puesto que los personajes deben aprender a mover las piezas de su juego según las reglas que ésta les dicta(Hauser, Historia social de la literatura y el arte 37). En el transcurso de la narración hay trampas y engaños, hay sentimentalismos y hay deslices.
No hay cabida en el Rococó literario para la crítica o la reflexión, no se trata de retratar un mundo más allá de los palacios, las maisons o los jardines. Es tan sólo una ‘literatura de evasión’(Blume), una escritura destinada al entretenimiento de jóvenes ociosos que esperan la siguiente reunión social, embebidos en la complejidad de sus relaciones galantes en un mundo de apariencias.
La novela de Cándido narra las peripecias de un joven ingenuo que vive una vida regalada en el castillo de un barón de Westfalia hasta que es sorprendido tratando de besar a la hija de éste, por lo que es expulsado del que considera “el mejor y más bello de los castillos”. Sus aventuras lo llevan a recorrer numerosos lugares del mundo y a conocer a más diversos personajes.
Aunque su meta es regresar con la hija del barón, Cunegunda, pareciera que su propósito al recorrer el mundo y observar las distintas formas de vida es comprobar si es o no cierto lo que le decía el preceptor del castillo de Westfalia, el filósofo Pangloss, que “todo es perfecto en el mejor de los mundos posible”. Cándido es un optimista que cree, enseñado por Pangloss, que no hay nada mejor que sentarse a pensar sobre los problemas eternos mientras se está en el mejor de los lugares que podrían existir.
Cándido es una novela satírica, y como tal, la figura retórica imperante en todo el relato es la ironía, y por medio de ella se critican las más diversas instituciones, formas de pensamiento y actitudes sociales que caracterizaban el Viejo Régimen y su mundo anticuado.
Por ejemplo, en los capítulos referentes a la catástrofe de Lisboa, se hace una burla de la superstición y los actos bárbaros que todavía en ese tiempo caracterizaban a la Iglesia y al Santo Oficio. Cada vez que Cándido repite la máxima de Pangloss, en realidad se refiere a la metafísica de Leibniz(Brailsford 111 - 113) y a la creencia generalizada en sus ideas optimistas.
Las peripecias son narradas de manera casi totalmente informativa. Con de las aventuras de Cándido y sus amigos conocemos a antiguos reyes y condes, como a seres fantásticos. A través de todo el relato se nos cuentan innumerables tragedias, se habla sobre el sufrimiento de los que han poseído todo y lo pierden, y de los que nunca han poseído nada. Un caso excepcional, el país de Eldorado, es dichoso porque no está preocupado en poseer; quizá sea ésta una crítica más a una de las sociedades más consumistas de la historia, la aristocracia francesa.
Al final de la obra, Cándido se reencuentra con su meta ideal, Cunegunda, aunque ya no es joven ni bella como cuando la amó por primera vez. Sus aventuras terminan y consiguen asentarse, junto con todo su grupo, en una especie de paz al poner fin a sus viajes y encontrarse sin un solo centavo. Pero el mundo según lo pensaba Cándido y lo defendía Pangloss les resulta inútil: los ideales por los que peleaban pierden su brillo y la vida filosofando se vuelve aburridísima. ¿Era ese realmente el mejor de los mundos posibles?
La solución del problema que hacia el final de la obra se les presenta a nuestros héroes es la clave para comprender el propósito de la misma, y hasta parece servir como recompensa después de las innumerables aventuras satíricas que pierden mucho al estar tan lejos en el tiempo.
Dentro de su tediosa existencia nueva, Cándido y Pangloss se topan con un anciano que –a diferencia del informado filósofo- no sabe nada de lo que sucede en las ciudades ni le importa detenerse a pensar en las causas del mejor de los mundos o en otros problemas metafísicos; su vida la pasa en una casita con un pequeño huerto y sus jóvenes hijos, y todos se preocupan exclusivamente de trabajar la tierra para obtener lo que necesitan e incluso más. Esta familia es más feliz que todos los reyes que han conocido a lo largo de sus andares y, sorprendentemente, no conocen el aburrimiento del que ellos sufren constantemente.
Esto resuelve a Cándido. Se da cuenta que la solución a sus problemas, tanto de bancarrota como de tedio, se encuentran en el modo práctico del anciano. Desde ese momento, el grupo entero está decidido a dedicarse a actividades industriosas, como cultivar el jardín o cualquier otro trabajo para el que demuestren aptitud y sea útil para la vida comunitaria. Todo con una condición: no se admiten discusiones, es decir, no hay lugar para la contemplación.
Al leer esta celebre novela de Voltaire, podemos encontrarnos una multiplicidad de elementos que nos ayudan a encontrar su clasificación dentro de los estilos artísticos de la época, algunos de los cuales se encuentran en esta conclusión.
Cándido es una novela en la que abunda la crítica social, usualmente bajo la forma de parodia, lo que la constituye como obra satírica. Esto significa que el lector de la época se estaría enfrentando a situaciones para él reales y cotidianas, representadas y ridiculizadas en la lectura, produciendo así la reflexión y no una pasiva recepción de lo narrado. Esto no encaja con el concepto de literatura de evasión(Blume) que es como se le conoce a lo literario del rococó.
Su forma de narrar la historia es más bien austera: pocos son los adornos y las figuras utilizadas, a diferencia del Barroco y del Rococó.
La principal evidencia que encontramos para aplicar un estilo a Cándido lo encontramos en su moraleja expresada en el final de la obra. Voltaire propone como solución el trabajo contra el ocio, y esto es tan importante como simbólico. El ocio y el trabajo son dos conceptos representan en realidad a dos grupos sociales: la aristocracia, pues su ritmo de vida depende del entretenimiento y la diversión; mientras que el trabajo, en cambio, es el símbolo de la burguesía y su principal valor(Hauser, Historia social de la literatura y el arte 10 - 11). Recordemos que el Rococó, en todas sus manifestaciones artísticas, era la expresión de la aristocracia desocupada, y que el arte neoclásico tuvo una buena acogida por el Tercer Estado, quienes tomaron de él parte de las ideas que inspirarían las revoluciones burguesas.
Finalmente, Cándido no es una expresión del arte rococó, sino un fruto completo del Neoclasicismo y de uno de sus mayores representantes: Voltaire. Su exaltación al trabajo y su negación a la contemplación ociosa, su alejamiento del ambiente de las cortes, la simplicidad de las relaciones amorosas y la ausencia de episodios galantes que carecieran de ironía, no permitirán dudar de que Cándido, lejos de pertenecer a la literatura rococó, sea un completo contrario a ella.
Blume, Jaime. «Cinclo siglos de reflexión en torno al arte: El pensamiento estético del Renacimiento hasta el siglo XIX.» 2006. Cuadernos de la Facultad de Historia, Geografía y Letras. Ed. Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación. 14 de 11 de 2008 .
Brailsford, Henry. Voltaire. México: FCE, 1941.
Darnton, Robert. El coloquio de los lectores. México: FCE, 2003.
Farah, Mounir y Andrea Karls. World History: The Human Experience. New York: Glencoe McGraw-Hill, 2000.
Farias Marcone, Karyna y Daniela Gallardo Rouliez. Arte Universal. Santiago de Chile: Copesa Editorial, 2006.
Hauser, Arnold. Historia social de la literatura y el arte.Vol. II. México: Random House Mondadori, 2007.
—. Sociology of Art. New York: Washington Square Press, 1998.
Navarro, Joaquin (dir.). El mundo del arte. Barcelona: Editorial Océano, 1998.
Habíamos caminado largo rato en ordenadas filas, un verdadero espectáculo en tan caótica ciudad: tres hileras de jovencitas perfectamente uniformadas atravesando el parque del colegio y la plazuela que se extendía del lado oeste del mismo en verdadero silencio. Tan cercano y tan ajeno a nosotras se erguía la imponente nave del Museo de Arte, nuestro destino, al terminarse las lozas de la plazuela.
Recuerdo que tenía alrededor de diez años, la más joven en aquella excursión fuera de las rejas de l'École de la Croix y por lo mismo, no dude en separarme del grupo una vez admitidas dentro del edificio. ¿A qué deseaba escuchar las trilladas peroratas sobre el surgimiento del arte y su valoración? De sobra conocía esos discursos y más, llegados a mí como ecos desde el despacho de mi padre en los fines de semana.
Recorrí pequeños pasillos y escaleras de emergencia hasta encontrar el sótano, lugar en donde se ubicarían las obras aún no expuestas bajo una mínima vigilancia. Fue así como di con el lote de Javier Laza, que ya desde la primera vez que había visto sus piezas -las que, de seguro, estarían admirado mis compañeras algunos niveles más arriba- me había producido una sensación hipnotizante. Definitivamente no por su belleza sino, más bien, por su fealdad. Cabezas retorcidas, miradas agonizantes, miembros separados de sus torsos; en suma, terror y sufrimiento. Me intrigaba cómo era tan bien recibido y hasta elogiado en esta ciudad que tan en alto situaba su moralidad.
Me acerqué a tocar algunas de las piezas que se encontraban fuera de las cajas, pese a mi educación sobre la conservación de tales cosas. Unos cuerpos eran lisos de resina, otros ásperos, como hechos de arena. Había uno en especial, casi de mi estatura y de rasgos menos nítidos que los demás, con una silueta similar a la de un niño, al que me acerqué decidida. Alargué mi mano para sentir la arena y di un salto hacia atrás en el momento en que ésta comenzó a deshacerse. No me asustó la idea de haber destruido una obra de arte, sino que me aterró la figura que, de cuclillas, intentaba recobrar el aliento tras haber sido liberado de su prisión.
Era un muchacho muy delgado, quizá de mi misma edad pero tan frágil que no lo aparentaría. Sus ojos se encontraban enrojecidos, su piel amoratada y su cabello sumamente sucio. Le hablé y comprendió mis palabras, mas no logró articular ninguna que me fuera comprensible. Lo tomé de la mano y lo guié por las mismas escaleras de metal que me habían llevado hasta ahí. Al mirar atrás, vi a un hombre que caminaba despreocupado sobre el claro suelo de la bodega: era alto y delgado, en su rostro de espesas cejas se encontraban cuidadosamente delineados la barba y el bigote, como los diablos del barroco o, más bien, como los de Velázquez. Hizo un ademán temible al encontrarse con los restos de su obra en el suelo y comenzó a correr en nuestra dirección, siguiendo el reguero de arena que habíamos dejado. El niño chilló al verlo tan cerca y comprendí que se trataba del mismo Laza.
Apreté su mano y echamos a correr en las direcciones más dispares, escuchando cada vez más cerca los pasos del artista, pero nuestra huída fue inútil: terminamos en un callejón sin salida, en el guardarropa de los empleados. De nada sirvió escondernos por separado en los cubículos, sabía de antemano que nos encontrábamos al alcance de su mano. Mi corazón latía aceleradamente, sintiendo miedo por mí y por él. De un golpe abrió mi puerta, sus fieros ojos clavados en los míos con burlona crueldad. Me apretó del brazo, jaloneándome hasta el pasillo, y con un levantamiento de ceja me dejó ir en silencio, comprendiendo al instante su mirada. Corrí frenéticamente en busca de la salida, llorando por el coraje de no haber podido hacer nada por aquel niño. Nadie me hubiera creído de haberlo delatado, ni siquiera hubieran subido a checar el guardarropa.
No puede relatarlo ni aun al encontrarme con mis compañeras en las filas. Traté de olvidarlo y de evitar las siguientes visitas al Museo. Me gradué del colegio, estudie artes y con la herencia de mi padre comencé a adquirir piezas sueltas de las colecciones de Javier Laza sólo para destruirlas en mi sótano tras su llegada. No encontré nada, pero ¿qué hubiera podido encontrar?