Habíamos caminado largo rato en ordenadas filas, un verdadero espectáculo en tan caótica ciudad: tres hileras de jovencitas perfectamente uniformadas atravesando el parque del colegio y la plazuela que se extendía del lado oeste del mismo en verdadero silencio. Tan cercano y tan ajeno a nosotras se erguía la imponente nave del Museo de Arte, nuestro destino, al terminarse las lozas de la plazuela.
Recuerdo que tenía alrededor de diez años, la más joven en aquella excursión fuera de las rejas de l'École de la Croix y por lo mismo, no dude en separarme del grupo una vez admitidas dentro del edificio. ¿A qué deseaba escuchar las trilladas peroratas sobre el surgimiento del arte y su valoración? De sobra conocía esos discursos y más, llegados a mí como ecos desde el despacho de mi padre en los fines de semana.
Recorrí pequeños pasillos y escaleras de emergencia hasta encontrar el sótano, lugar en donde se ubicarían las obras aún no expuestas bajo una mínima vigilancia. Fue así como di con el lote de Javier Laza, que ya desde la primera vez que había visto sus piezas -las que, de seguro, estarían admirado mis compañeras algunos niveles más arriba- me había producido una sensación hipnotizante. Definitivamente no por su belleza sino, más bien, por su fealdad. Cabezas retorcidas, miradas agonizantes, miembros separados de sus torsos; en suma, terror y sufrimiento. Me intrigaba cómo era tan bien recibido y hasta elogiado en esta ciudad que tan en alto situaba su moralidad.
Me acerqué a tocar algunas de las piezas que se encontraban fuera de las cajas, pese a mi educación sobre la conservación de tales cosas. Unos cuerpos eran lisos de resina, otros ásperos, como hechos de arena. Había uno en especial, casi de mi estatura y de rasgos menos nítidos que los demás, con una silueta similar a la de un niño, al que me acerqué decidida. Alargué mi mano para sentir la arena y di un salto hacia atrás en el momento en que ésta comenzó a deshacerse. No me asustó la idea de haber destruido una obra de arte, sino que me aterró la figura que, de cuclillas, intentaba recobrar el aliento tras haber sido liberado de su prisión.
Era un muchacho muy delgado, quizá de mi misma edad pero tan frágil que no lo aparentaría. Sus ojos se encontraban enrojecidos, su piel amoratada y su cabello sumamente sucio. Le hablé y comprendió mis palabras, mas no logró articular ninguna que me fuera comprensible. Lo tomé de la mano y lo guié por las mismas escaleras de metal que me habían llevado hasta ahí. Al mirar atrás, vi a un hombre que caminaba despreocupado sobre el claro suelo de la bodega: era alto y delgado, en su rostro de espesas cejas se encontraban cuidadosamente delineados la barba y el bigote, como los diablos del barroco o, más bien, como los de Velázquez.
Hizo un ademán temible al encontrarse con los restos de su obra en el suelo y comenzó a correr en nuestra dirección, siguiendo el reguero de arena que habíamos dejado. El niño chilló al verlo tan cerca y comprendí que se trataba del mismo Laza.
Apreté su mano y echamos a correr en las direcciones más dispares, escuchando cada vez más cerca los pasos del artista, pero nuestra huída fue inútil: terminamos en un callejón sin salida, en el guardarropa de los empleados. De nada sirvió escondernos por separado en los cubículos, sabía de antemano que nos encontrábamos al alcance de su mano. Mi corazón latía aceleradamente, sintiendo miedo por mí y por él. De un golpe abrió mi puerta, sus fieros ojos clavados en los míos con burlona crueldad. Me apretó del brazo, jaloneándome hasta el pasillo, y con un levantamiento de ceja me dejó ir en silencio, comprendiendo al instante su mirada. Corrí frenéticamente en busca de la salida, llorando por el coraje de no haber podido hacer nada por aquel niño. Nadie me hubiera creído de haberlo delatado, ni siquiera hubieran subido a checar el guardarropa.
No puede relatarlo ni aun al encontrarme con mis compañeras en las filas. Traté de olvidarlo y de evitar las siguientes visitas al Museo. Me gradué del colegio, estudie artes y con la herencia de mi padre comencé a adquirir piezas sueltas de las colecciones de Javier Laza sólo para destruirlas en mi sótano tras su llegada. No encontré nada, pero ¿qué hubiera podido encontrar?
Recuerdo que tenía alrededor de diez años, la más joven en aquella excursión fuera de las rejas de l'École de la Croix y por lo mismo, no dude en separarme del grupo una vez admitidas dentro del edificio. ¿A qué deseaba escuchar las trilladas peroratas sobre el surgimiento del arte y su valoración? De sobra conocía esos discursos y más, llegados a mí como ecos desde el despacho de mi padre en los fines de semana.
Recorrí pequeños pasillos y escaleras de emergencia hasta encontrar el sótano, lugar en donde se ubicarían las obras aún no expuestas bajo una mínima vigilancia. Fue así como di con el lote de Javier Laza, que ya desde la primera vez que había visto sus piezas -las que, de seguro, estarían admirado mis compañeras algunos niveles más arriba- me había producido una sensación hipnotizante. Definitivamente no por su belleza sino, más bien, por su fealdad. Cabezas retorcidas, miradas agonizantes, miembros separados de sus torsos; en suma, terror y sufrimiento. Me intrigaba cómo era tan bien recibido y hasta elogiado en esta ciudad que tan en alto situaba su moralidad.
Me acerqué a tocar algunas de las piezas que se encontraban fuera de las cajas, pese a mi educación sobre la conservación de tales cosas. Unos cuerpos eran lisos de resina, otros ásperos, como hechos de arena. Había uno en especial, casi de mi estatura y de rasgos menos nítidos que los demás, con una silueta similar a la de un niño, al que me acerqué decidida. Alargué mi mano para sentir la arena y di un salto hacia atrás en el momento en que ésta comenzó a deshacerse. No me asustó la idea de haber destruido una obra de arte, sino que me aterró la figura que, de cuclillas, intentaba recobrar el aliento tras haber sido liberado de su prisión.
Era un muchacho muy delgado, quizá de mi misma edad pero tan frágil que no lo aparentaría. Sus ojos se encontraban enrojecidos, su piel amoratada y su cabello sumamente sucio. Le hablé y comprendió mis palabras, mas no logró articular ninguna que me fuera comprensible. Lo tomé de la mano y lo guié por las mismas escaleras de metal que me habían llevado hasta ahí. Al mirar atrás, vi a un hombre que caminaba despreocupado sobre el claro suelo de la bodega: era alto y delgado, en su rostro de espesas cejas se encontraban cuidadosamente delineados la barba y el bigote, como los diablos del barroco o, más bien, como los de Velázquez.
Apreté su mano y echamos a correr en las direcciones más dispares, escuchando cada vez más cerca los pasos del artista, pero nuestra huída fue inútil: terminamos en un callejón sin salida, en el guardarropa de los empleados. De nada sirvió escondernos por separado en los cubículos, sabía de antemano que nos encontrábamos al alcance de su mano. Mi corazón latía aceleradamente, sintiendo miedo por mí y por él. De un golpe abrió mi puerta, sus fieros ojos clavados en los míos con burlona crueldad. Me apretó del brazo, jaloneándome hasta el pasillo, y con un levantamiento de ceja me dejó ir en silencio, comprendiendo al instante su mirada. Corrí frenéticamente en busca de la salida, llorando por el coraje de no haber podido hacer nada por aquel niño. Nadie me hubiera creído de haberlo delatado, ni siquiera hubieran subido a checar el guardarropa.
No puede relatarlo ni aun al encontrarme con mis compañeras en las filas. Traté de olvidarlo y de evitar las siguientes visitas al Museo. Me gradué del colegio, estudie artes y con la herencia de mi padre comencé a adquirir piezas sueltas de las colecciones de Javier Laza sólo para destruirlas en mi sótano tras su llegada. No encontré nada, pero ¿qué hubiera podido encontrar?
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